La Vida es el tablero de ajedrez más grande que existe. Contamos con todas las piezas. Peones que solo pueden caminar paso a paso y son sacrificados siempre que alguien que esté por encima considere que su pérdida justifica un bien ¿mayor?
Torres altas y firmes de roca dura que pueden aguantar la embestida de los Caballeros de la L, pero que luego sucumben ante el ataque por sorpresa de la diagonal de los Elefantes de colmillos de marfil.
La Dama con libertad total de movimientos, que cual mantis, muchas veces encaprichada en intentar conquistar y acabar con todo lo que se le ponga a su alcance, acaba cayendo al descuidar su retaguardia cegada por su voraz apetito.
Reyes apoltronados cuyos movimientos son prácticamente imperceptibles hasta que se ven amenazados, momento en el que pretenden refugiarse enrocándose en la Torre más alta, o tratando de huir en cualquier dirección.
Y una vez presentadas las piezas del ajedrez, hay que pensar en quién se encarga de moverlas a su antojo buscando derrotar al contrario. Porque no olvidemos que este juego es la representación de la más cruenta de las batallas. Entonces ¿quién realiza los movimientos en el 8x8 vital? Sencillo, las fuerzas clásicas. Blancas para lo puro, el Amor, la belleza, la Vida, la felicidad, etc y Negras para justamente lo contrario, los deseos más bajos, la pena, la amargura, la Muerte,...
Eso sí, en la Vida, aunque las partidas comiencen con la apertura de Blancas, todos tarde o temprano acabaremos de la misma manera, derrotados por el definitivo Jaque Mate de las Negras...
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